martes, 15 de marzo de 2016

De Egiπto a Marte.

Papiro de Ahmes
Egipto, año ~1.650 a.C. Ahmes, escriba egipcio durante la Dinastía XV, trabaja en la copia de un papiro que para él es antiquísimo: unos 200 años. Así lo dice en la primera parte del mismo. Una serie de problemas con cálculos matemáticos que deben tenerse en cuenta en una vida como la que tienen en el dorado mar de arena egipcio. Un documento que permita transmitir los conocimientos generación tras generación como siempre se hace en el Antiguo Egipto. Para ellos, el registro de lo aprendido es tan importante como su transmisión. Ahmes, en aquel papiro, muestra valores de lo que para ellos es una aproximación de π (término que asentaría el gran Euler). Su aproximación: 3,1605. No está nada mal. Pasaron muchos años hasta que se descubrió de qué se trataba “aquello” exactamente y se fue consciente, comenzando a calcular cada vez más y más decimales. ¿Os imagináis a aquellos estudiosos chinos, indios, persas cuando descubrieron qué era Pi?… Hoy en día tenemos la versión de humanos que recitan cientos de miles de sus decimales, o de humanos que construyen super-ordenadores capaces de calcular billones de decimales de π.

Mapa de G. Schiaparelli (Imagen: Wikipedia)
Seguramente, el bueno de Ahmes no sabía que miles de años después de que él anduviera enfrascado en aquel trabajo, Giovanni Schiaparelli, uno de esos observadores de las estrellas nacido muy cerca de Turín (la ciudad con el mayor museo egipcio del mundo fuera de Egipto), sería capaz de ver desde su telescopio los canales del planeta más cercano a la Tierra durante la gran oposición de 1.877. Esas observaciones de Marte en un mundo en plena euforia industrial tuvieron la singularidad de que la traducción de algo tan común como unos “canales” naturales le dotaron de una intriga sin precedentes al ser traducidos al inglés como “canals” en lugar de “channels”. La sutil diferencia: en inglés se denominan de una manera o de otra dependiendo de si son artificiales o naturales.  Automáticamente, se activó la maquinaria creadora de leyendas y mitos dejando claro que la posibilidad de que hubiera vida en el planeta rojo fuera posible. Si bien es cierto que en países de habla no anglosajona aquellos nuevos cuentos, apetecibles para mentes soñadoras, calaron bien hondo hasta el punto que hoy vemos como normal llamar de manera generalista "marcianos" a todos los extraterrestres.

Ayer, los humanos habitantes de un mundo globalizado que Ahmes no podría imaginar, incluso hemos asignado el valor de ese número Pi a un día del calendario, y tampoco podría imaginar que en la mañana del #PiDay de 2016 ha despegado desde Baikonur (Kazajistán) el Protón en el que iban alojados la sonda TGO (Trace Gas Orbiter) y el aparato al que el astrónomo italiano Schiaparelli da nombre. 
Despegue del Protón desde Baikonur (Imagen:@HiRise)

(Foto/Recreación:NASA)
Han pasado 13 años desde que la ESA intentase posar un aparato en la superficie marciana. En aquella ocasión, el Beagle-2 debía haber confirmado que estaba en condiciones de uso el mismo día de Navidad de 2.003, pero desafortunadamente su antena -se aventuró que por un fallo en el despliegue de los paneles solares- no fue capaz de establecer contacto por ninguno de los medios empleados… Fue la cámara HiRise de un satélite orbital de la NASA (el Mars Reconnaissance Orbiter) quien localizó en uno de sus barridos fotográficos lo que parecía ser el Beagle-2 a unos 6 kms. de la zona de aterrizaje prevista. Al menos, su nave nodriza la sonda Mars Express funcionó perfectamente según lo planificado.

(Imagen: ESA)
Hasta el momento, sólo los rovers de los EEUU y las Mars de la extinta URSS lo han logrado. En el programa ExoMars, la Agencia Espacial Europea ha unido sus esfuerzos con la rusa en una colaboración que esperemos nos dé impresionantes resultados. Entre lejos y cerca del “a encontrar vida en Marte” que venden los medios de comunicación, lo que se espera del proyecto es un análisis del metano de la finísima atmósfera y rastrear posibles depósitos de agua subterránea hasta aproximadamente 1 metro de profundidad en el planeta rojo desde una órbita a unos 400 kms de la superficie. Además, en caso de que la Schiaparelli aterrice satisfactoriamente, supondría una esperanzadora demostración de las capacidades de la ESA de cara a la continuación del programa con la ExoMars2018, donde un rover europeo diseñado conjuntamente con Roscosmos (esperemos) tomará tierra -esta vez sí- con equipamiento tecnológico como para analizar la superficie. 

Lo difícil del tema es que esa delgada capa que compone la atmósfera de Marte obliga a hacer virguerías para aterrizar sobre él. La Schiaparelli tendrá 6 minutos para reducir su velocidad desde los 21.000 km/h hasta los 7 km/h de la fase final de aterrizaje… Casi nada. Para conseguirlo, está provista de tres dispositivos: un paracaídas, un escudo térmico y unos retropropulsores. Lo bueno de los avances tecnológicos es que su precisión ayudará a decidir cómo de viable seria una misión tripulada allí. Todo eso ocurrirá el próximo 19 de octubre, tras siete meses de viaje… habiendo salido hacia un lugar donde ahora, más de un siglo después de aquellas observaciones y coincidiendo con el aniversario del nacimiento de Einstein, sí que existen canales artificiales: todos los de los robots que hemos enviado a explorar un mundo en el que ya tenemos la mente puesta.
(Imagen: ESA)

Fuentes:
www.esa.int
www.nationalgeographic.com
@eurekablog

jueves, 3 de marzo de 2016

#YearInSpace

El marketing es uno de esos productos que nos llevamos a la boca sin saber muy bien por qué lo hacemos. Como los niños de 1 año, descubrimos que tenemos algo y decimos “¡Eh!¡Estas cosas que se mueven las muevo  yo! Voy a ver a qué saben”. Ese niño que hay en nuestro interior, es para los expertos en comunicación como el público de los magos. Desvían la atención y nos la meten doblada.

Scott Kelly (Foto: NASA)
Probablemente, ayer veríais en todos los noticieros del mundo las [ESPECTACULARES Y DE RECOMENDABLE VISIONADO] imágenes de la Tierra con más o menos zoom con las que Scott Kelly ha ido ilustrando su aventura de larga duración en la Estación Espacial Internacional. 340 días, que a 16 órbitas diarias en realidad suponen unos 5.440 días… aproximadamente 14 años. Así de rápido van las cosas ahí arriba. También os enteraréis de que tiene un hermano gemelo, astronauta retirado, que ha sido determinante para elegir el espécimen con el que hacer la prueba. Y seguramente digan que en este (casi) año ha hecho algún que otro arreglillo en la #ISS. Para los que hemos “vivido” con él, nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, no deja de ser impresionante si te lo sueltan en una píldora de 1 min de telediario, ataviado con imágenes del lanzamiento, de auroras boreales, fotos nocturnas o selfies en ingravidez para acabar con la imagen de recién llegado, sonriente… con esa cara por la que muchos mataríamos por tener alguna vez en nuestra trepidante vida “aquí abajo” (siempre que oigo la expresión “con una cara de felicidad…” recuerdo a todos y cada uno de los astronautas a los que he visto sacar de la Soyuz en algún lugar en medio de La Nada cuando aterrizan en Kazajistán).


[N. del A.: Las noticias sobre el espacio son esas cosas raras que suelen sacar en la tele y que los cuñaos hacen suyas para cualquier conversación de café o de gimnasio, entre serie y serie. No vaya a ser que si las televisiones divulgan mucho lo que hacen los astronautas les dé a todos los adolescentes por querer serlo y no haya #ISS´s para todos. Mejor les bombardeamos con que lo que se premia es la cultura del no-esfuerzo y ponemos fútbol, MYHYV o GH de lunes a domingo y que sigan queriendo ser famosos por haber sido seleccionados por sus virtudes o por sus defectos, depende de hacia dónde “enfoquen” su carrera. Total, su manera de diferenciarse del resto serán sus tatuajes.]

Valeri Poliakov (Fuente: Le Fígaro)
Al menos las televisiones han dicho que además de Scott, otro de los que ha vuelto también ha estado 340 días. Korniyenko, que es ruso, pero ¿a quién le importa?; a la NASA no, porque sólo quieren hablar de su libro. Seguramente no habrán dicho que ni siquiera el bueno de Kelly con sus 4 viajes al espacio es el hombre que más tiempo acumula en su CV lejos de la Madre Tierra. Digo esto porque esa especie de #GuerraFría del marketing en social media parece que no va con los rusos (hoy, soviéticos ayer). Se mantienen como al margen. Identificaron la carrera espacial cuando había que hacerlo, y una vez que aquello quedó zanjado con la solución de unir fuerzas por el bien común es lo que hacen: callar y andar. Los cosmonautas de Roscosmos pasan de los focos, y de la repercusión a nivel mundial. Saben que los datos están ahí, y punto. Honran a Koroliov, porque gracias a él, y no gracias a Kevin Roldán, empezó todo. Ellos lanzaron el Sputnik, ellos pusieron en órbita a Laika, y ellos mandaron el culo de Yuri Gagarin al espacio, al que indefectiblemente acompañó el resto del cuerpo. Ellos hicieron llegar a Venus la Venera 3, aunque aterrizase “de aquella manera”. Ellos tuvieron las pelotas de, no contentos con estar en una nave espacial, salir a ver qué pasaba fuera. Olé tus cojones, Leonov. Ellos llegaron antes a la Luna. Ellos hicieron muchísimas cosas antes que los norteamericanos, salvo la más espectacular: mandar a un soviético a pisar la superficie lunar. Hoy, que lo cuenta es la permanencia, deberían sacar las imágenes del bueno de Valeri Polyakov que se tiró 14 meses en la histórica MIR [aquí podéis ver las imágenes de su llegada], y sacar músculo diciendo a los de la NASA que van tarde, como en casi todo lo que se refiere a mandar cosas por ahí fuera.

¡Ojo! Que la documentación gráfica registrada por los astronautas de la NASA y la ESA no es para nada criticable y de hecho aporta un montón de información, cosa que es de agradecer... pero la burra por lo que vale. El #YearInSpace es una declaración de intenciones de la NASA queriendo dar más valor al mucho que ya tiene tirarse 340 días ahí fuera. De lo malo malo, tenemos todos claro que lo que cuenta ahora es llegar a Marte, pasando por la Luna. Veremos…