martes, 13 de diciembre de 2016

Los Gemeliers golpean cien veces

Uno de los viajes más famosos de toda la mitología griega es el de Jasón comandando a los Argonautas. Incluso si no eres un especialista en el tema, es probable que hayas oído hablar de él. Jasón se presentó en Yolco para reclamar el trono que le pertenecía por herencia, y tras presentarse ante el rey -y tío suyo- Pelias, este recordó que el oráculo le advirtió de que un hombre con un pie descalzo le mataría. Jason había perdido la sandalia al cruzar un río, mientras ayudaba a cruzarlo a la anciana Hera. El resto pasó a la historia hasta nuestros días. Sea como fuere, al igual que le ocurrió a Perseo (y que ya conté aquí en el blog), fue enviado a conseguir una misión que en principio se antojaba imposible. 

Jason cogiendo el vellocino de oro
De todos los que le acompañaron en aquella hazaña, se encontraban dos de los hijos de Leda, la reina de Esparta. Uno de ellos concebido con el rey Tíndaro y el otro con el omnipotente Zeus, que bajó a la Tierra en la forma de un cisne para seducirla. Se dice que ambos nacieron de un mismo huevo que engendró debido a esa relación con Zeus. A aquellos dos héroes mellizos se les conocía como los Dioscuros. Sus verdaderos nombres eran Castor -mortal- y Polideuco -inmortal-. Eran de esos hermanos que se llevan tan bien que, cuando Castor fue asesinado durante una disputa que mantuvieron con dos primos suyos, éste respondió matando al inocente como venganza. Ese crimen llamó la atención de Zeus, quien al enterarse de lo acontecido, aniquiló al culpable con un rayo. Con Castor sin vida, Polideuco pidió a Zeus que le privara de su condición de inmortal porque no merecía la pena vivir la suya sin él. El padre llegó a un acuerdo con Hades para que pasaran seis meses en el Olimpo y otros seis en el infierno, y así fue que Poseídon les convirtió en los dioses protectores de los marineros. 

Escultura que representa -según algunos expertos- a los Dioscuros
Las interpretaciones cíclicas de en la mitología se deben a la relación de algunos dioses con eventos recurrentes: las cosechas, las crecidas de ríos, la caída de las hojas, etc… En este caso, se interpreta como seis meses en el Olimpo y seis en el infierno porque la constelación, por su situación en el firmamento respecto de la Tierra, pasa la mitad del año en el hemisferio norte y la otra mitad en el sur. De hecho, el solsticio de verano con el que se inicia el período estival lo relacionamos con el Trópico de Cáncer, pero debería llamarse Trópico de Gemini, ya que es cuando llega a la constelación de Los Gemelos cuando comienza, pero la verdadera fiesta en ese punto del firmamento tiene lugar precisamente ahora, en diciembre. Durante las noches del 13 al 15 de diciembre, y con el máximo la del 14, tendrá lugar la mayor lluvia de estrellas del invierno: las Gemínidas. El asteroide 3200 Faetón está en el punto de mira de los telescopios de un nutrido grupo de astrónomos profesionales y amateurs, porque como característica principal está la cercanía de su paso respecto del Sol. Poco más de 20 millones de kilómetros. Y a 10 millones de la Tierra. Año tras año, su apogeo nos deleita con estrellas fugaces muy visibles debido a su “baja” velocidad (alrededor de 30 km/s). Desde aquí podremos observar el ratio de unos cien avistamientos por hora, algo similar a las Perseidas con la ventajosa diferencia de que ahora no hace falta estar apostado de madrugada para ver el espectáculo. Se pueden empezar a ver desde la tarde, siguiendo las instrucciones que aparecen aquí  (y que yo encontré gracias a Víctor Manchado @vmanchado en twitter). Castor y Polux os están sonriendo estas noches para las astrofotos. ¡¡Disparad!!

Imagen: Sky & Telescope
¡Ah! Para los que pensabais que hablaría sobre ¿música? en este post, siento haberos decepcionado. No, no hay nada por aquí sobre los Gemeliers, pero ¿os imagináis que muriera uno de los dos? La vida no tendría sentido… ya no para el otro, sino para muchas de las quinceañeras enamoradas de ellos.

Fuente:

lunes, 12 de diciembre de 2016

De vacas y gallinas.


La subjetividad es una característica preciosa del ser humano, subjetivamente hablando. La objetividad, por contra, no hace prisioneros. La opinión se saca de los bolsillos como se sacan los billetes para pagar lo que a cada uno nos gusta. Sin embargo, ¿qué relaciona las cosas?¿dónde nace la chispa? Es la vida, estimado lector. La vida nos va llevando. 

Una de las cosas que echamos de menos a medida que cumplimos años es la infancia. Tanto que, muchas veces, lo único que recordamos de ella son olores. Sensaciones revividas cuando por casualidad nos reencontramos con ellos. Los cocidos de tu abuela, el chorizo que ella siempre tenía disponible para ti, la tortilla en el tren cuando ibas al pueblo a verla, la crema de maquillaje. Todos ellos te llevan a situaciones concretas, en lugares de antaño, con costumbres imperecederas.


No obstante, es la subjetividad la que dibuja la delgada línea que separa la nostalgia de la más absoluta indiferencia. O incluso la reprobación. El ejemplo más palpable en mi caso es el olor a mierda de vaca y mierda de gallina. Sí, un tanto escatologico, pero por eso lo cuento. Son dos olores que da igual dónde lleguen a mis fosas nasales. La lectura de sus datos son interpretados por mi cerebro como un torrente de recuerdos imborrables de todo lo vivido a lo ancho y largo de las eras del pueblo en el que pasé los meses de verano de mi infancia. Desde junio hasta septiembre. Me trasladan al corral en el que tanto tiempo pasé. La calle minada por deposiciones bovinas y las oleadas enviadas por el viento de Castilla del gallinero anexo a la pared lateral. Ambos aromas me recuerdan a lo que jugaba, corría, lloraba, arriesgaba o creaba cuando no tenía ni diez años y sólo estaba en casa para desayunar, comer, merendar, cenar y dormir… ¡Qué recuerdos!


[[Relato de @HdAnchiano para la iniciativa #divagacionistas]]