sábado, 11 de febrero de 2017

Aglaonike, la brujería que era ciencia.

Fuente: http://archive.randi.org 
Astronomía, algo ajeno. Astrología, algo propio. Una pareja viajando de la mano a lo largo de la Historia hasta un tiempo de más luces que sombras, en el que se separaron para siempre. Algo en común: mirar al cielo… a ese abismo vertical. La delgada línea que separa interesarse por lo desconocido es muy fina. Tanto que la balanza podía hacerte caer en el lado equivocado. El lado donde lo que hagas no sirve de nada. La astrología pertenece a esa serie de mentiras metidas en una nebulosa endogámica en la que todo está relacionado con todo, como si de hacer piña se tratara (y, de hecho, se trata). A pesar del auge de todas esas «ciencias» amigas del misterio, a las que se da pábulo desde todos los medios de comunicación y, ¿por qué no decirlo?, alguna que otra institución pública, algunos estamos empeñados en dejar claro a la gente de nuestro entorno que no hagan caso, por ejemplo, del horóscopo.

Sin embargo, en aquellos tiempos donde no había diferencia, solo quienes practicaban la astronomía sabían que no estaban haciendo algo que pudieran controlar. No eran oráculos. Ni lo pretendían. ¿O sí? El caso es que allá por el siglo II a.C., en la Grecia Clásica, a las mujeres se les atribuía la calidad de «sacerdotisas», porque no se consideraba que tuvieran la capacidad para desarrollar ciencia. Aprovecho que la noche de ayer (10-11 febrero) tuvo lugar un eclipse penumbral para escribir sobre una persona que los conocía extremadamente bien para su época gracias a que su padre había decidido enviarla a Mesopotamia para que aprendiera Matemáticas y Astronomía. Eran cosas verdaderamente inusuales en un lugar como Grecia que las mujeres medraran científicamente hablando, así que Hegetor de Tesalia la mandó de Erasmus a tierras caldeas donde los conocimientos sobre lo humano y lo terrenal hacía tiempo que se conocía. Os hablo de Aglaonike, mi protagonista para esta humilde aportación al Día de la Mujer y la Niña en Ciencia. 

Fuente: NASA
Aglaonike fue la primera mujer astrónoma conocida de Grecia. Junto con alguna otra como ella eran popularmente conocidas como las «brujas de Tesalia», y oficialmente sacerdotisas del templo de la Luna. Por la calle, e incluso en las crónicas de Apolonio de Rodas o Plutarco, se referían a ella como «quien podía hacer desaparecer la luna». Comentarios perversos, dicho sea de paso. La razón: desprestigiar su labor aduciendo al engaño de la magia como arma. Sin embargo, la realidad distaba mucho de la brujería. Su virtud era aplicar la teoría astronómica que había aprendido en Mesopotamia, dónde si no, sobre la teoría de los ciclos de saros, que establece la relación entre la Luna y la Tierra según la cuál ambas coinciden en el mismo punto transcurrido un tiempo. Gracias a eso, y sabiendo cuándo había tenido lugar el último eclipse, podía predecir cuándo tendrían lugar los siguientes, y de qué tipo serían, claro.


Si hoy en día vemos gente a la que predecir el futuro de los fenómenos astroNÓMICOS les parece magia, imaginad por un momento el poder que podría dar hace dos milenios «hacer ocultarse el sol». O la luna. El rol de la mujer hace dos mil años estaba encuadrado en la exclusión social, la sumisión e incluso la semejanza a los animales. Tremendo eso último. Afortunadamente, hoy hay partes del mundo en las que no es así. Desafortunadamente, hay lugares en los que todavía lo es. Por eso, porque muchas de las niñas del mundo no tienen elección, nuestro deber es dar visibilidad a las mujeres y ANIMAR a nuestras pequeñas a que se decidan por ocupaciones para las que, históricamente, está demostrado sobremanera que el sexo femenino es perfectamente capaz de despuntar. Ni siquiera es necesario dar ningún ejemplo. Si no es así, nos veremos obligados a vivir mucho tiempo rodeados de vergonzantes porcentajes de supremacía masculina en cualquier cosa que huela a Ciencia.  

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