martes, 16 de mayo de 2017

Nochevieja en Marte.


Durante la antigüedad te despertabas pensando qué querrían los dioses que te ocurriera ese día. Daba igual si eras hombre o mujer. Agricultor, ama de casa, soldado, esclavo, esclava, rey o reina. Todo te parecía venir dado desde las alturas, independientemente de tu posición social. Era una manera sencilla para aceptar los cataclismos, las derrotas en batallas o las rebeliones. Oráculos, templos y palacios edificados para consultarles sobre tal o cual cosa. 

En Roma, uno de esos responsables era Marte. Dios de la guerra, hijo de Júpiter y de Juno. Casi nada… Un personaje mitológico con gran influencia en una sociedad como la romana, con un gigantesco ejército esparcido por todo lo largo y ancho de la geografía europea con un lema terriblemente pragmático: si quieres la paz, prepara la guerra. El famosísimo «si vis pacem, para bellum». Durante una de esas tardes lluviosas en las que te acabas refugiando en cualquier canal de documentales que te eches a la cara, una vez oí que el Imperio Romano no buscaba la expansión, sino la protección de Roma de posibles ataques extranjeros. Me fascinó el concepto, por lo épico.  Otra cosa eran los medios, aunque frankly speaking, las cosas funcionaban así en la antigüedad; incluso ahora funcionan así. La diferencia es que ellos no sólo consideraban la Tierra el centro del universo. También creían que Roma, como centro del mundo conocido, solamente podía ser un lugar seguro si establecían el cordón de seguridad hasta llegar a ella lo más lejos posible. 

Cuenta la leyenda que Marte nació cuando su madre huyó del Olimpo, y se adentró en los campos de Oleno siguiendo el consejo que la diosa Flora le había dado en su templo. Juno no había visto nunca una flor tan bonita como la que Flora le dijo que cogiera, y resultó no ser una flor. Era Júpiter, y de la unión al tenerla en su regazo nació Marte. Siglos después, seguimos igual que entonces. Diferentes dioses. Mismas inquietudes. Siempre mirando al cielo, claro. El firmamento nos muestra los planetas del sistema solar como puntos brillantes, salvo que utilicemos telescopios que nos permitan verlos en su máxima expresión. O casi. Con el transcurso del tiempo, el perfeccionamiento de la tecnología nos está permitiendo conseguir cosas absolutamente inimaginables para aquellos hombres y mujeres que observaban fascinados las constelaciones. Imaginad que, por un momento, alguno de ellos pudiera siquiera ver una foto de la luna. No digamos ya de Saturno con sus anillos, Júpiter, Plutón… Algo que a nosotros nos parece lo más normal del mundo, hubo muchísimas generaciones que no pudieron hacer nada más que imaginar. Y si estuviera el suficiente tiempo entre nosotros como para ver y escuchar todo lo que sabemos hoy de nuestro vecino Marte. Y decirle que está habitado por robots que hemos enviado nosotros y que hace una semana estaban todos de fiesta celebrando el año nuevo marciano, que tiene casquetes polares, atmósfera, un clima estacional como el nuestro, etc, etc, etc… Seguramente, lloraría de emoción o tartamudearía de asombro. La Tierra ha girado muchas veces alrededor del sol desde que, en la década de los 1660s, Christian Huygens, Giacomo Cassini y William Herschel comenzasen a observar regularmente el planeta rojo, su rotación, su atmósfera, sus nubes… Pasaron casi 200 años hasta que se dibujó un mapa de Marte, basado en las observaciones de Beer, Mädler y Dawes. Y mirad ahora sobre lo que estamos hablando: tenemos la capacidad de mapear desde la órbita, y con una considerable precisión cualquier punto de Marte. 


Lo conocemos bien ya. Marte, el planeta rojo. El dios romano de la guerra que nos ha ganado ya alguna que otra batalla -véanse las sondas Beagle-2 y Schiaparelli, laboratorios volantes con aterrizajes fatales-. Un color rojo que, hoy en día, sabemos que viene dado por el óxido de hierro de su superficie. Sabemos también que su fina atmósfera se congela en los polos, pero que hace millones de años tuvo una atmósfera compacta, y agua, ergo ríos, mares, islas. Pudiera ser que hace millones de años, cuando existía su escudo anti-radiación solar, todo eso fuera lo más parecido a la Tierra que nos podamos echar a la cara. Un hecho que, a unos pocos meses de viaje dentro de la inmensidad del universo, ¡no me negareis que es una suerte increíble! Una roca situada a 228 millones de kilómetros del sol, con un tamaño aproximadamente la mitad que nuestro punto azul pálido, con días casi exactamente iguales, y con años casi exactamente el doble que los nuestros, con una temperatura ecuatorial media sensiblemente inferior a la nuestra, y con una gravedad que nos atraería sólo una tercera parte de lo que nos atrae en nuestra casa. Características básicas que nos dejan caer en la tentación de jugar a ser Dios y querer transformarlo (los geólogos lo llaman terraformar, es decir, modificarlo para hacer que se parezca a la Tierra) «maldita sea, hagamos lo posible por llegar allí». la NASA ha planteado hace poco que quizá se pueda re-formar el escudo anti-radiación y el efecto haga el resto. Suena a quimera, pero más por desconocimiento técnico nuestro cuando nos lo cuentan que por otra cosa. 


De momento, y hasta que las cuestiones técnológicas, éticas y legales no se solventen, no nos queda otra -y no es poco- que disfrutar de Marte desde la inmensa cantidad de datos que nos envían los artilugios que allí tenemos orbitando o sobre el terreno. Parece magia, pero no lo es. Desde la Tierra hemos sido capaces de «poblar» un planeta para averiguar qué pasa, qué ha pasado, por qué, cómo o tantas y tantas otras cosas que mediante la investigación en la Tierra sabemos. A día de hoy, es absolutamente impresionante que el Curiosity, el Opportunity y todo el resto de aparatos que lo habitan u orbitan nos muestren la realidad de un lugar inhóspito, pero potencialmente habitable para nosotros. La semana pasada, todos esos robots celebraban la Nochevieja marciana, un fiestón. Un nuevo paso por la casilla de salida desde que lo medimos. Nosotros tenemos nuestro calendario «perfectamente» ajustado, pero también el de Marte. ¿Cómo? Con el sol como referencia, tanto para la definición de los días -en Marte: soles- como para la del año. A partir de ahí, es fácil, considerando la división de la órbita en 12 partes de 30º. Eso sí, su vuelta alrededor del Sol es más excéntrica que la nuestra y por eso la duración de las estaciones varía más entre sí con respecto a la duración de la Tierra. Gracias a esa medición se ha podido determinar cuándo el planeta pasa por el 0º. Aunque creo que se ve mejor en esta imagen:



Quizá yo no lo vea, y por eso me gusta seguir imaginando que será posible ir. A fin de cuentas, fijaos lo que supuso para los primeros homínidos subir una colina para ver lo que había al otro lado. Esa misma sensación de curiosidad es la que reflejan las imágenes de Marte en las que se ven las huellas del rover perderse en la lejanía. 



Agradecimientos:
Nahúm Chazarra (http://www.ungeologoenapuros.es)
Fuentes e imágenes:
https://www.nasa.gov
http://www.astromia.com/solar/marte.htm
https://www.wikipedia.org 

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